La Sociedad en construcción
POR QUÉ APOYO EL PROCESO BOLIVARIANO Y LA REFORMA CONSTITUCIONAL
Miguel Matos S.J. (Sacerdote Jesuita)
Cuando hago mi discernimiento sobre el por qué de mi opción positiva
hacia el proceso y en esta ocasión, hacia la reforma, ubico
fundamentalmente estos motivos:
1.- La direccionalidad, la intencionalidad, por lo menos “formal” de toda la propuesta es hacia el fortalecimiento de los sectores más agredidos históricamente por nuestra sociedad. Estoy consciente de las mil torpezas que condicionan esa direccionalidad, pero mi raciocinio indudablemente elemental pero innegablemente contundente es: “prefiero esta iniciativa imperfecta y altamente perfectible en esta dirección, que la posibilidad de que la ausencia de esta propuesta refuerce al
“status quo” cuyos efectos ya conozco suficientemente y he padecido durante demasiado tiempo.
2.- Creo (y esto pertenece en muy buena medida al mundo de la subjetividad, diríamos que de la “fe”), creo en el liderazgo de Hugo Chavez, si estuviera en mis manos le haría corregir bastantes detalles en su estilo y no solo de su estilo más externo, pero creo radicalmente en sus intenciones que las considero de una innegable pureza. Creo no solo en sus intenciones sino en sus sorprendentes capacidades de liderazgo, creo en los alcances, horizontes amplios e históricos de su propuesta; creo en su sorprendente capacidad de trabajo, creo en su finísimo e innegociable amor a los pobres, creo en sus principios basados en la solidaridad. Por eso estoy decidido a darle el tiempo que le haga falta para que supere sus deficiencias tal como lo ha venido haciendo a lo largo de su historia. Por eso no me preocupa que se le haga acreedor de más poderes y se blinde la posibilidad para que pueda seguir gobernando los años que hagan falta para llevar adelante un proyecto en el que creo. Pertenezco a una iglesia en la que un sumo pontífice en cuya elección no puedo participar y al que no puedo revocarle el mandato, puede gobernar con todos los poderes, incluida la prerrogativa increible de la infalibilidad, puede gobernar más de 30 años aunque estuvieran altamente deterioradas sus facultades físicas y mentales.
3.- Me niego rotundamente a coincidir aunque sea indirectamente, con sectores, instituciones, poderes, personalidades que, además de adversar al proceso venezolano, (en lo cual sencillamente harían un uso del derecho más legítimo y sagrado a disentir), me niego rotundamente a sumarme a una estrategia en la que además de incluir la lucha contra este proceso, se incluyen directa o indirectamente en esta estrategia cosas como una percepción demasiado inocua y pasiva contra las grandes agresiones que sufre la humanidad , desde las invasiones criminales a países, pasando por la actitud muchas veces
complaciente al poder omnimodo de las trasnacionales que gobiernan al mundo, el silencio ante agresiones más cercanas como el intento de destrucción de nuestra industria petrolera, el golpe de estado del 2002, por citar solo algunas cosas.
4.- Porque, por más esfuerzos que hago para identificar cuál es la alternativa distinta que se ofrece a este proceso, incluida la
reforma, no encuentro una respuesta ni medianamente convincente. No me resulta racional esa operación mental de negar algo sin saber cuál es la alternativa que saldría fortalecida de esta negación. Si de lo que se trata es de reforzar con esta oposición el planteamiento sociopoliticoeconómico del pasado puntofijista , les digo sinceramente “conmigo no cuenten”. Tengo 65 años y ya ví lo que había que ver y si hay una propuesta diferente al pasado y diferente al proceso bolivariano, dígannos, por favor ¿cual es? ¿dónde podría uno enterarse de esa propuesta?, ¿de los nuevos y consistentes líderes que la
propugnan?, ¿de las alianzas internacionales que se piensan cultivar?, etc..
5.- Referente particularmente a la reforma. me resulta mezquino y absurdo que den esa batalla para defender el concepto más individualista y descomprometido de la propiedad privada, por defender el concepto más elitesco de autonomía universitaria, por defender el concepto más anacrónico de ordenamiento territorial ( por citar solo unos cuantos ejemplos), mientras se hace caso omiso a la posibilidad de que 5.000.000 de venezolanos entre amas de casa, taxitas, ebanistas, plomeros, mecánicos, profesiones y hasta la misma economía informal empiecen a gozar de la protección social. No me entra en la mente cómo gente que hasta hace poco compartía condiciones de pobreza, hoy no dé su apoyo a que las misiones populares dejen de ser iniciativas coyunturales y empiecen a tener rango constitucional. Que se cuestione a partir de sofismas artificiales extraídos de la revolución francesa o de la constitución norteamericana, el impulso que se le está dando al protagonismo popular, al poder popular.
6.- Bueno, son tantas cosas las que podría decir , que termino con una referencia muy íntima , que sin ser una razón definitiva, no deja de ser para mí de un valor innegociable: personalmente, no creo que podría seguir caminando con la frente en alto y la conciencia alegre si “la lluvia me sorprendiera bajo un techo”. en ultima instancia: prefiero “equivocarme” intentando una defensa radical por el pobre, que “salvarme” bajo el auspicio y beneplácito, aunque sea inconsciente y hasta involuntario, de los poderes históricamente destructores de nuestro país.
Acción colectiva y sistema
Por: Massimo Desiato
Tomado de Aporrea (03/11/07)
¿Ha sido y es, en lo que queda, el chavismo una acción colectiva? Preguntarlo, no es algo ocioso si pensamos que la gente varía constantemente en su implicación en la acción, algo así como un péndulo que oscila desde el extremo del envolvimiento intenso hasta el polo opuesto de la actitud pasiva o del “aprovechador”. También los intereses varían, de ser individuales a ser colectivos.
Algunos fenómenos colectivos implican una “solidaridad”, entendida como un reconocimiento mutuo de los actores como miembros de la misma unidad social; otros fenómenos no pasan, en cambio, de ser meras “agregaciones”. Por poner un ejemplo, en una huelga de trabajadores prevalece, en general, la solidaridad, mientras que en un pánico entre compradores se manifiesta una conducta agregativa.
Finalmente, es muy importante retener lo siguiente: algunas acciones colectivas comportan una trasgresión de los límites de compatibilidad del sistema de relaciones dentro de los que se desenvuelve la acción. Los límites de un sistema dependen, y se encuentran definidos, por el rango de variaciones que puede tolerarse sin que la estructura estalle. En este último caso, ha de surgir otro patrón de interacción si se desea evitar el caos propio de una desintegración funcional, moral y simbólica, en una palabra, la desintegración de “lo social”.
Pocas dudas existen respecto de que el chavismo, rebasando la persona de Chávez, ha sido, y todavía en parte es, una acción colectiva. La participación de la gente fue muy elevada al comienzo del actual gobierno, así lo fueron las expectativas de un cambio para bien: reforma del Estado, del aparato productivo, de la seguridad social, lucha contra la pobreza, por nombrar algunas.
Con el pasar del tiempo, la acción colectiva chavista fue perdiendo el envolvimiento intenso y pasó al polo opuesto, extremo, de los “aprovechadores”, de aquellos que usaron la acción colectiva para conseguir fines particulares. Igualmente, la solidaridad inicial fue reemplazada por la mera agregación: todo aquel que no estaba conforme con el pasado se añadió al núcleo precedente, en una suerte de “pánico por lo político”. El desplome del tradicional sistema de partidos puede ser interpretado como “compra nerviosa”, por parte de un electorado insatisfecho, de un candidato en gran medida desconocido y que fue conociéndose “demasiado tarde” para evitar una catástrofe social de dimensiones alarmantes.
Creo que hemos llegado al punto de quiebre: la acción colectiva del chavismo transgrede los límites de compatibilidad del sistema de relaciones en cuyo seno se desarrolla la acción. En otras palabras, el chavismo socava las bases de su misma acción colectiva, a la par que dificulta enormemente el desenvolvimiento de una nueva acción colectiva. La nueva democracia en ciernes, que aguarda por el desplome del actual gobierno de matriz autoritaria, puede encontrarse con el gran obstáculo de la desintegración de “lo social”.
En este caso, hay que recuperar, antes que cualquier otra cosa, cierta unidad simbólica, algo que nos reúna, para pasar luego a una integración funcional (de la economía, de lo político, de lo cultural, etc.) y esperar una integración moral que devuelva la confianza entre los actores. Es difícil hacerlo, porque lo simbólico no se controla, sino que “emerge” de la interacción misma y de ello se tiene siempre, por así decirlo, una “conciencia lateral”.
Vale, entonces, decir, que la nueva acción colectiva, sin la cual la acción individual no pasa de esfuerzo vano, frustrante o de mera rapiña, actuará en el marco de un sistema nuevo, que hay que aprender a conocer, que hay que estudiar. Creo que fundaciones, centros de investigaciones y personas particulares deberían promover el análisis de este nuevo marco, so pena de incurrir en otros desaciertos, otras conductas agregativas que nos depararían más “compras nerviosas” y, al final, aunque cueste creerlo, un mayor colapso.
El comienzo de una revolución dentro de la revolución no puede ser postergado. Yo creo que somos muchos los que esperamos un signo claro y contundente para creer que la revolución bolivariana es digna, honesta y pueda convencer los escépticos de izquierda como yo. No soy pesimista pero sí realista. No se trata de purgar, sino de dar el ejemplo. Una auténtica revolución que permitiera poner al servicio capacidades ociosas es una señal que Chávez debe dar con fuerza. Imponiendo orden con paciencia y tratando de entender que también la clase media que lo adversa es víctima de la alienación. Por eso es cómplice de cualquier cosa que destruya por enésima vez la esperanza humana en que el capitalismo sea el único sistema político. Tal vez, la revolución dentro de la revolución pueda hacerle entender pausadamente al país que el principal problema es la desigualdad y que, por tanto, se impone la redistribución, siempre y cuanto no afecte la generación de riqueza. De otra forma, no hay nada que repartir. El socialismo del siglo XXI debe solventar este problema.
Si hasta el momento no he tomado una posición oficial y pública, es porque a mi retiro de la Ucab (2002) dado el autoritarismo de su Rector, y las censuras a la que he estado sometido (prohibido un libro titulado “A la raíz del convivir”, por dignificar el chavismo como objeto de estudio), más el ambiente de hostilidad, no ha correspondido una revolución clara y transparente. Discutir sobre la ética que posee el marxismo respecto del capitalismo es perder el tiempo. Demasiado evidente es la preocupación de toda revolución de ocuparse del propio pueblo en lugar del “tá barato” maiamero. Dejemos el pantano de la Flórida al mercado y concentrémonos en la sociedad de los individuos revolucionarios portadores de valores. Tal vez vuelva joven otra vez. Y disculpen mis ambigüedades. Pero no soy como Richelieu, quien decía: “Por favor, no me saquen de mi ambigüedad que me confunden”. No soy ambiguo, sólo aguardo. Por eso no he votado desde 1998. No soy un “ni ni”, pero tampoco un tonto útil. Se puede conceder mucho a la Revolución en términos de libertad siempre y cuando resuelva el problema de la pobreza. No debe haber más pobres. De otra forma la iglesia siempre tendrá su “opción preferencial por los pobres”.
Los pobres son el capital político del Vaticano.
mdesiato2002@yahoo.com
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¿Por qué?
Roberto Hernández Montoya
analitica.com/bitblioteca/ roberto/articulos.asp
(Disponible en la edición de Últimas Noticias del Sábado 03 de Noviembre del 2007)
No me incomoda la gente a quien no le gusta este gobierno sino la que es indiferente a la pobreza, el analfabetismo o la desnutrición. A veces todo eso junto y más, aunque no voy a enumerar todas las plagas que les dan lomo.
Francisco Rivero ha dicho que es una vergüenza que existan esos cerros que se la pasa mostrando a sus alumnos de la Universidad Metropolitana.
Es una afrenta a nuestra dignidad, no que exista eso sino que durmamos tan tranquilos, sin hacer nada para enfrentarlo. Uno no lo va a remediar solo, pero sí puede contribuir a resolverlo, hombro con hombro con los desafortunados, intercambiando saberes, como debe ser, porque no se trata de paternalismo.
Uno estudió, uno se alimentó, uno tuvo suerte. Pero eso no le da derecho a la mediocridad de decir que uno se fajó y los pobres no. A todo el que me dice eso lo invito a irnos a un barrio bien pobre un día de semana de madrugada y pararse frente a la primera cola para coger algún transporte, jeep, por puesto, autobús, Metro, llaga, lo que sea, y arengar a los madrugadores llamándolos (él, pues yo no me atrevo) flojos, haraganes, holgazanes, gandules, etc. Vayan mediocres, díganles eso a ver cómo les va. Lo más seguro es que no les pase nada malo, porque no suele ser gente agresiva, pero sí alguna pita y alguna borrasca de burlas. De repente sólo le dan una sala.
No es caridad, es solidaridad. No es idealizar al pobre como al “buen salvaje”, sino tener un poquito de sentido de la dignidad.
Porque insisto: me malicio que no es indiferencia sino sadismo. Está bien, ponle, el gobierno lo hace mal, pero en vez de andar provocando tragedias golpistas, ¿por qué no proponen alternativas mejores? Porque todo se puede mejorar.
¿Por qué el médico criticón en vez de ser pesetero no se ofrece para la Misión Barrio Adentro o una mejor que a él se le ocurra? Dicen que no se alfabetizaron todos los que lo requerían. Está bien, supongamos que es cierto en beneficio del argumento, pero ¿no van a proponer un plan mejor? ¿O disfrutan que haya mucha pobreza? ¿Cómo no pensarlo si lo único que ofrecen es derrocar el único gobierno que la ha encarado en 200 años? Que les disguste el gobierno es derecho normal en cualquier democracia. Lo otro es execrable.
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Me duele mi Iglesia
Bruno Renaud
(Disponible en la edición de Últimas Noticias del día Sábado 03 de Noviembre del 2007)
M e duele mi Iglesia, encabezada por un grupo de hombres poco vinculados con las grandes esperanzas de los pobres. Son varones (ninguna mujer, como se sabe), guardianes de la religión (no necesariamente del amor), vigilantes severos del templo, de las buenas costumbres y el orden. Son dignatarios que frecuentemente han olvidado su origen sencillo: la (de)formación sacerdotal y, en ella, las ambiciones humanas los han ido amoldando al espíritu de este mundo. Se quejan de falta de libertad en el proyecto político venezolano, pero si hay un lugar donde se respira poca libertad es en su ámbito sofocantemente eclesiástico. En ese mundillo, no todos los obispos (y menos aún los sacerdotes) aceptan de buena gana las palabras de los jerarcas que descalificaron por “inmoral” el proyecto de reforma; pero, ¿qué van a hacer o decir?.. Ni hablar de los bautizados, nunca consultados.
Me duele mi Iglesia, obsesionada por los demonios del socialismo del siglo XX, e incapaz de discernir entre el pasado y la esperanza. Sus clérigos leen en el nuevo proyecto socialista, sin parpadear, lo que no se encuentra: el supuesto marxismo-leninismo. “¡Es inevitable!”, gritan los obispos.
Así hacen los adversarios de la fe, al identificar de antemano a la Iglesia del siglo XXI con los horrores reales de las cruzadas o la Inquisición, o con los trágicos errores sociales y políticos de la Iglesia siglo del XX. Ojalá la respuesta episcopal consistiera en acercarse de corazón a los de abajo, para “evitar el marxismo-leninismo”; y desde otra sensibilidad, los pastores estarían mejor ubicados para proponer sus eventuales críticas. Pero, ¿serán ellos capaces de buscarse, algún día, otros asesores, y dejarse guiar por la confianza en vez del miedo o el odio? Me duele mi Iglesia, la que habla de diálogo, pero tan poco lo practica. La que habla de buscar reconciliación y paz, pero es constantemente juez y parte.
La que habla de moral y practica tantas veces la doble moral.
La que invita al perdón, pero para nada está dispuesta a pedir perdón por sus propios pecados (por Dios, ¿cuándo hemos cometido errores, nosotros, los prelados?) Sí, me duele mi Iglesia. Pero, ¡no tengo otra! Sacerdote de Petare